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jueves, 4 de noviembre de 2010

El Cornudo

Supongamos que lo que uno quería era vivir tranquilo. El trabajo, la mina, el perro, los amigos, el coche. Ningún favor particular de la fortuna o la elegancia, sólo el simple -a veces algo sobrevalorado- respeto del prójimo, manifestado por las vagas señales que lo constituyen, ganado más que de sobra, quizá no por grandes méritos (como participar en comunitarias tareas barriales o voluntariar en el cuerpo de bomberos) pero sí por otras cosas, pequeñas pero no menos importantes (acordarse de saludar siempre y de tratar de decir pocas mentiras). Y aunque aún no siendo padre, con el debido Respeto tratar también uno a los otros y a su descendencia, al desconocido y las hermanas ajenas, a los ancianos, (aún con mucho más) al que está por debajo en asuntos de clase, a los animales y las plantas, desde luego al violento sin causa; repito, de respeto aquí se trata. (Hace rato resignamos la admiración.) Tal cosa (el respeto) es adquirida ya por lo que se es, ya por lo que se tiene, y no por lo que se quiere (o no se quiere) ser. Lo que uno tiene es siempre insuficiente, y lo que uno es -dicen- no es lo que la vida hace de uno sino lo que uno hace con lo que de uno hizo la vida que lo ha hecho. (Uno sabe esto y es saber popular.) Supongamos que la vida ha hecho de uno un cornudo.

Hoy en día no hay consuelo en estas latitudes para el que carga semejante cruz. Y si la Justicia en América elige desentenderse o aún juzgar con malas miras los procedimientos del Medio Oriente en estos casos, es porque desconoce los dolores de cabeza a que se ve sometida cualquier víctima del adulterio. (El código penal iraní (art. 104) sentencia en estos casos la lapidación (previo entierro hasta el pecho) de la mujer o (hasta la cintura) el hombre, valiéndose la mano de la justicia de piedras que no sean "ni demasiado grandes como para matar inmediatamente ni demasiado pequeñas como para no considerarse piedras".) Aquí, las desdichadas circunstancias históricas, sedimento lento de espíritus muy otros, anti-pragmáticos, conducen a los hombres en semejantes situaciones a debates absurdos (por naturaleza irresolubles) acerca de quién tira la primer piedrita (el huevo o la gallina).

Uno, en fin, probablemente sea un tipo raro, incluso podría llegar a parecer cornudo, aún sin serlo; se dice “¡qué pinta de cornudo que tiene ése!, ¿no?, me da la sensación” (hay seres que despiertan estos comentarios). Uno podría incluso ser hijo de algún célebre cornudo, de los que no faltan en el barrio, un cornudo célebre como Zefraín, con Z, que fue engañado durante más de veinte años por el mismo hombre, a lo largo de dos matrimonios distintos. Desconozco si existe en castellano un término que nomine esta curiosa relación que se establece entre un hombre y su corneador personal. Pero ¿qué culpa tendría Uno de ser hijo de un personaje semejante? ¿Qué importancia tiene un padre en una vida? Muchos dicen que toda, y por eso Uno no puede conseguir atención psicológica satisfactoria. Uno de hecho no piensa ya nunca en Papá y sus vergonzosos Cuernos, pero la historia -en estos días tan presente- es una carga que acrecienta su violencia con la frustración del tiempo, y tarde o temprano puede un mínimo empujón llevarlo a Uno a su caída.

También (quizá) la caída de Roma comenzó a gestarse en inocentes y dispersos rumores. Poco importa. Lo importante es que cualquier tarde, el portero del edificio, un gordito de estatura corta, piel gruesa y bigote prominente, deposita la Pregunta originaria: -¿Sabe, Uno, que la ví a la señora de usted ahí en la confitería del Colorado ayer, charlando animadamente con un varón desconocido para todos en la cuadra?- el bigote le esconde la sonrisita, pero se le adivina por la forma en que empuña con ambas manos el extremo del mango del escobillón y, abriendo y cerrando los dedos, entrelazados a la altura del pecho, dejando caer en los nudillos la caricia de las yemas, balancea el cuerpo sobre el inconmovible punto de apoyo hacia adelante, hacia atrás, hacia adelante, hacia atrás, hacia adelante… -Voy a andar atento, cualquier cosa le aviso.- Pero la guiñada de ojo que clausura el monólogo es seria y cómplice, lejos está de decir “¡ja! joda” (como hace a veces para nulificar o suavizar declaraciones).

Desde luego, se podría denunciar aquí una ruptura en la cadena de Respeto por parte del portero (quien, sin embargo, suele mantener en su conducta diaria unas maneras intachables de respeto por defecto) -demasiado animado y socarrón para mensaje semejante- de tal modo que fuera él el centro de las preocupaciones de Uno.

Pero no. A Uno desde siempre se le notó una veta interrogadora profunda de las cosas del mundo, semblante frío y reflexivo. La cuestión de la interrogación es importante, y justificada en el relato, porque es sólo a partir de una pregunta que empiezan los acontecimientos a tener algún sentido. (“¿No habrá andado con ese otro?”) (La cuestión del ese es importante.) Claro que la pregunta no es exteriorizada por Uno, o al menos no lingüísticamente; sí, quizá, en forma de una profundización de la nata veta detectivesca característica de Uno. (Aunque Uno pregunta sabiendo en el fondo que no hay, y no puede ya posiblemente haber nada nuevo en esta historia, porque eso supondría alterar el curso de las cosas hacia un desenlace diferente al que (desde el primer momento de sospecha), Uno sabe, indefectiblemente se llegará, desentendiéndose el destino para estos particulares del infinito conjunto siempre presente de las contingencias. La pregunta ya instala inevitablemente una respuesta. En todo caso, se puede elegir suspender la lectura como se puede elegir suspender la vida, pero el final ya está escrito desde el título -no se guíe por mi honestidad, constátelo, desconfíe (siempre desconfíe)- y es de siempre sabido por Uno, así como el de cada quien para cada quien (en definitiva serán todos parecidos (los finales)).) Entonces la acción comienza a consumarse bajo la invención de historias curiosas (“un asadito, el sábado, los muchachos de la oficina”), sostenida hasta lo absurdo sobre un trasfondo cuestionable (“claro que trabajé en una oficina, hace dos años, duré un mes nomás, ¿te acordás?, antes de que me echaran hice algún amigo…”). Y ya el sábado desde las siete monta Uno la guardia en el bar que enfrenta la puerta de su edificio, copa en mano y cigarrillo. Se avisó con el debido tiempo que no estaría en casa por varias horas, para que ella dispusiera de su sábado a su gusto. Uno está listo para seguirla a donde sea.

* * *

Hace rato resignamos la admiración, Uno es ingenuo pero no delira. Sin embargo respeta, y es -desde ya- respetado. Pero la -también sobrevalorada- confianza en el otro es algo más difícil de construir y más fácil de derribar -bien lo sabe Uno- aún al menor estornudo. El entorno suele, a su vez, malpredisponer las situaciones para conducir al pobre Uno a tomar el camino inadecuado. A este efecto -olvidemos por ahora al portero y los vecinos (¡uf!, ¡los vecinos!)-, los amigos:

-Medio exagerado, ¿no, Uno? -dice Darío (Darío, quien, por su parte, no sale con una mujer que no sea “doble argolla” -como él les dice, y se ríe-, que son las mujeres que están casadas (“porque con esas es todo mucho más fácil”))- Exagerado lo tuyo.

Pero está también Raúl:

-¡Dejate de joder…! ¿Y vistes algo?

-Mirá -Uno se dispone a ametrallar ahora su paquete de evidencias-, y decime si exagero. A las ocho y cuarto llega un tipo, timbrea y le abren por el portero eléctrico. A las dos horas sale… yo nunca me lo había cruzado por ahí y después le pregunté al portero y no lo conocía… Pero pará: todo el tiempo que estuvo en el edificio, salía una luz de mi habitación, como de un velador; probablemente el mío porque el de ella no anda, y se veían sombras… repeticiones, ¿entendés?, movimiento… -(Uno se toma la cabeza con las manos)- ¿Te das cuenta, hermano? En mi propia cama y con mi propia luz.

-Pero el tipo pudo haber estado en cualquier parte del edificio… Y lo de la luz y la sombra es una gilada, Uno.

-Además, no tenés idea de nada, lo importante es que pienses sobre cómo te llevás con tu mina y cómo está ella, ¿en qué andan? ¿De qué hablan?

-No le des pelota a este Raúl, Uno.- Darío es tajante y resoluto -Y sacate la idea esa de la cabeza si no tenés más fundamento, porque te va a traer quilombos nada más pensar así.

-Ponele, pero cuando lo vi llegar, al tipo este digo, cuando llegó, y admito que yo estaba a varios metros y algo bebido, pero al verle llegar y tocar timbre, juraría por mi Viejo que tocó en el mío. Y después, cuando salió, estaba todo despeinado y desprolijo, como relajado. Y caminaba distinto…

-Por ahí era otro tipo…

-¿Por tu viejo, lo jurás...? - asoman ya las risitas.

Y Uno a esto no puede sino dedicar un suspiro y una miradita (aún desde su condición, un aplauso para Uno, humor heroico) sobradora: sabe que los “por ahí” son infinitos como el aire que respira, pero lo que efectivamente pasó… eso no necesita verlo para estar seguro.

No, en lo que hay que pensar es en la venganza.

Uno puede elegir suspender su relación, como puede elegir suspender la lectura, pero no lo hace. Se da cuenta de que el suyo es, por lo pronto, un modo de actuar a oscuras. Los amigos influyeron. Al poco tiempo ya no sabe si tenía que saber que había visto lo que había visto para estar seguro de algo. Además, el tiempo corriente lo carga a Uno a veces de miedo. Están los que dicen que uno a las cosas no debe tenerles miedo, sino respeto. (Uno también lo dice, pero no le sale.) Último bastión -tambaleante- de las relaciones humanas en los barrios, ¿no se pregunta a veces Uno si hoy en día se sigue respetando por respeto al Respeto mismo, como antaño, o bien, directamente por miedo?

-No sé qué le diga, no he visto nada, muy muy tranquila la semanita- y nada más podemos esperar sacarle, frasecitas inútiles, simplonas; sincero pero pícaro modo de pensar, inherente a toda la vasta y homogénea raza de los porteros. Pero Uno a esto ya se ha anticipado y sabe que no puede dejar este asunto en manos de otro. Se pasó ya días enteros en el bar de enfrente, con excusas cada vez más disparatadas, buscando la mayor cantidad de oportunidades posibles y explotando cualquier pretexto para dejar a su mujer sola en casa y poder ponerse en vigilante, corriendo el riesgo de más de una vez ser descubierto… ¡Pero sí!, como cuatro veces el maldito visitante, fugaz, repitió su aparición primera, cada vez en estancias más prolongadas y salidas más alevosas (fija que salía de un buen garche). ¿Caso cerrado? Uno todavía no puede tomar un curso de acción basado en esto, por más firme que se sienta en su conjetura. Existen espíritus graciosos, donde el rigor científico pesa más que la sospecha: la inducción de casos hacia la incómoda generalización (“he aquí un cornudo”) está siempre plagada de inconvenientes metodológicos. Y Uno es muy cobarde como para entrar en el momento indicado, en pleno despliegue del hipotético amor carnal, en busca de la última e indubitable corroboración empírica. (Para el Islam basta una confesión de la adúltera o, lo que es lo mismo, el testimonio de cuatro testigos varones, o dos mujeres y tres varones, para organizar la pública linchada.) (“Dígame,” (al ancianito de la mesa de al lado, único borracho de la cuadra, que convive con Uno en el bar hasta que cierra) “si usted me viera así como me ve, como estoy ahora acá, así sin conocerme o no más que de alguna vez de vista; usted... ¿diría que parezco cornudo?”. Silencio. “Vos, pibe, ahora, más que nada parecés maricón”. El cigarrillo tiene ya sabor a whisky y viceversa. Uno está tosiendo más de lo habitual, lo nota. El viejo estúpido se levanta también tosiendo y, extasiado en carcajadas todavía por su irreverente retrucada, sale.) En definitiva, que el caso no está cerrado todavía: si el problema es metodológico, la solución probablemente se esconda tras una afinación de los métodos de observación. La adquisición de unos binoculares, la colocación de un micrófono oculto (¡o una cámara!, las cosas vistas se acomodan por fuera de la duda), coordinar -quizá Darío o Raúl ayuden- una persecución encubierta del amante cuando este se retire…

* * *

Darío:

-Al final, vos ni siquiera sos celoso: sos cornudo.- Cagándose de risa. Él entiende de la situación: no puede explayarse porque avista a unos metros a su doble-argolla de la fecha. -¡Aunque tu mina no ande con nadie más, vos ya sos cornudo! -y con esto picando se retira y lo deja a Uno sumergido en unas reflexiones de mierda.

¿Y esto, qué quiere decir? ¿Es posible vivir de tal modo adulterado, en un estado en que la sospecha no supere nunca la sospecha? Es que ésta puede ser falsa, pero aún en tal caso ya no hay retorno para Uno, siendo la refutación de su creencia irrelevante ya para su abandono. Pero ¿hay peor modo que éste para ser cornudo? Uno lo que quería era vivir tranquilo, lejos de cualquier enredadera de complicaciones. ¿A qué tipo de respeto puede aspirar en la vida un cornudo al que no le meten los cuernos? ¿Aún en la soltería hasta la muerte entrará uno en la categoría del cornudo? Porque aunque no le estén realmente corneando a Uno en este instante, virtualmente en todo instante se lo podrían estar haciendo. Es una cuestión de posibilidades, y Uno vive siempre impregnado de infinitas posibilidades triviales de las que, en tanto tales, no debería recaer en Uno la decisión constante de seguir la una o la otra (bastantes hace ya y muy serias), aún más cuando la posibilidad excede a Uno e involucra incómodos terceros, de modo que se acaba por considerarlas irrelevantes o inmodificables -y hay cosas que un hombre no debería estar obligado a decidir (amén de buscar caer en la locura) “¿azul o cuadrado, nene?”-, pero así, abandonando de a poco la capacidad de desviación, como entrando inconcientemente en un cauce donde el que decide se vuelve decidido (retorcidos son a veces, y tortuosos, los caminos de la vida), pasándose por alto Uno un pequeño conjunto de decisiones decisivas acaba así sujeto de un triste determinismo, olvidadas ya las variadas instancias que Uno ha atravesado hasta llegar a convertirse, él mismo, a sí mismo y en sí mismo, en lo que Uno esencialmente es y era y fue desde un Principio, almacenada -por genética- en cada célula del cuerpo, marcada a fuego en el cielo sobre su nuca, la palabra que rescata ese macabro rasgo del Demonio: “hE AQUÍ UN Cornudón”.

* * *

(Los deslices son prueba suficiente de -y justifican- el relato.)

(Tomar conciencia de las posibilidades propias es no poder evitar asumirse como actor que puede (y debe) elegir entre ellas.)

(Uno puede elegir suspender su esencia eligiendo suspender la vida. O mejor aún: quizá no la propia, mas aquella que depositó, maliciosa, la Pregunta originaria…)

* * *

Pero un asesinato de portero sería trabajoso y poco inesperado. Además, Uno no es un asesino; ni un tonto (se da cuenta de que anular la persona no anularía ya la pregunta ni el problema por ella liberado). Uno está, por el contrario, siempre abierto al diálogo fecundo (siempre y cuando cuente con fehacientes evidencias), y, por lo tanto (contrariamente a su costumbre) se abre efectivamente al mismo. Finalmente.

-Mirá, Luli (porque parece que se llama Luli, la ‘a lapidar’), tiempo ha que una sospecha ronda, crecientemente densa, en mi cabeza, y hace tiempo que me tiene las pelotas por el piso. Cada vez la soporto menos, cada vez lo soporto menos. Siento dentro de mí el terror de estarme convirtiendo en algo que no depende de mí, que no sé si la vida o Dios o el Diablo, ¡o yo mismo!, elegimos como mi destino. Mas tal vez no haya destino ni camino, y es sólo el azar el que hoy cruel juega conmigo. Y lo que es peor de todo: no sé si esto ocurre efectivamente afuera o son tan sólo retorcidas fantasías de mi adentro; y si así lo fueran, a tal punto afectan el afuera, que ya esa división resulta vana y sin sentido. La cuestión es que seguir estirando esto es de boludo; decime, linda, y no me mientas, ¿me estás haciendo cornudo?

A Luli se hace también responsable del silencio (de cripta) que sucede a este conmovedor discurso, largo durante los siguientes dos minutos. Los ojos abiertos como platos, llenos de culpa, y la vocecita tenue pero firme:

-Ay… U, gordi, tenemos que hablar…

A lo que Uno no puede sino suspirar en profundo y renovado alivio, y, disponiéndose a escuchar, notarse retornar a su pulsación normal por primera vez en semanas.

La Vieja

El que una vieja encuentre su muerte en una sala de espera, en un espacio público, en un territorio públicamente observable, es un acontecimiento que desencadena en muchas otras viejas (conocedoras o no de la difunta) el posterior y profuso diálogo sobre aquélla, con las palabras de congoja más profundas que hay al alcance de una vieja malamente educada, pero también una incontenible verborragia consagrada al chisme, manteniendo en cada caso una frialdad casi científica, como quien habla de los precios o del clima. (Conjeturamos estas actitudes y conductas como producto de la sensación (de la aceptación) más profunda -profunda de veras, ahora- de que la vida se está efectivamente apagando en lo adentro de los dialogantes.) De ahí que la unidad de las muchas percepciones internas -el corazón deteniéndose en su caja y la consecuente sangre detenida en sus conductos, la última contracción del diafragma y la consecuente paralización pulmonar, el cerebro convulsionándose en recuerdos- o externas -la nariz en abundante sangrado, el temblor de pies a cabeza, la mirada clavada en el vacío, el sinsentido de la Historia- se conviertan en ‘¿Ofelia, ahora?, ¡qué seguidilla! Después de la pobre Margarita, no somos nada, no somos nada; ¡tan jovial y buena moza! A todos nos llega, a todos nos llega la hora’; ‘Pero bien picarona que era, ventajera en los vueltos de los mandados, ¡y mandona!’; ‘Ella sabía que era la próxima, lo presintió, se lo dijo a Carmen en Pentecostés. Se lo avisó el Cielo…’

Aquí, sobre el escritorio había un periódico cuya primera plana denunciaba la crisis (en el fútbol). Al costado del mostrador, que abarcaba casi la totalidad de la pared, se desarrollaba la sala, pequeñísima aunque a su través confluían múltiples pasillos. Al salir de la oficina… consultorio del cardiólogo, registré la piecita atentamente al acecho de un espacio donde pudiera situarme a revisar en comodidad unos papeles que informaban acerca de la próxima consulta, medicamentos, horarios. Las sillas eran escasas, tras el mostrador un teléfono resultó inatendido. Había muchos pacientes pero pude asentarme a mis anchas en una esquina. Entonces noté cómo una vieja sentada en el medio de una fila de tres asientos, a dos metros de mí, estaba sufriendo una especie de ataque. Lo noté al igual que todos: cuando a todos se nos volvió manifiesto por el salto que despegó de su lado al hombre sentado previamente a su lado (cuando a esté se le volvió manifiesto el hecho de que la vieja sentada a su lado estaba sufriendo una especie de ataque). Salto despavorido, luego inmóvil contemplación. Dejó caer de entre sus manos el diario. La vieja estaba sentada con la cabeza echada hacia atrás y el cuerpo estriado tieso, tiesísimo, estirado todo a lo largo del cuerpo. Sacudíasele, íntegro, éste, tragicómicamente. Crisis. Todo a su alrededor parecían ya comenzar a acomodarse las invisibles sombras mortuorias. Se agolpaban también múltiples pacientes, a una distancia prudente, un radio de un metro (yo ya me había adelantado uno), para obtener una vista de privilegio. Y las viejas presentes -verdaderas viejas conchudas- iban calentando las gargantas para amena pero menuda charla.

Sólo una persona junto a la vieja: una mujer joven, algo morena para pasar por hija suya: probablemente una enfermera privada o una dama de compañía: le sostenía a la atacada un algodón en la nariz ensangrada, obligándola a mirar al techo. Me enteré por mis propios medios de la vida de la vieja.

Imaginé que, en cierto modo, todos estaríamos imaginándonos también su vida. (Crisis en el fútbol pero también en los valores. Que son tiempos de crisis hace rato dejó de ser tímida sugerencia. Es perceptible, percepción cotidiana, concepto.) Ella había estado casada con un verdadero Hércules de alguna industria pesada (un hombre rudo y duro). Supo siempre tenerle la cena lista pero nunca darle un hijo, y eso él no lo pudo sostener. Acusador, con el rencor comprimido en las retinas la miraba -mientras ella, ignorándolo deliberadamente para mantener intacto su respeto por su grande marido (o por temor al hecho de haber tenido que llegar a ignorarlo, cosa que también conseguía ignorar), atendía innecesarias tareas domésticas-; acusador, él fijamente la miraba. Pero cierto día cobró un dineral importante, y se consiguió una Barbie para darse a la fuga. Se casó con ella y vivieron en Mar del Plata. La vieja, entonces despechada cuarentenaria, consiguió agenciarse otro marido tras una oscura metereta: un buscavida, insalubre borracho, pero (ojo) con ideales. Había perdido uno (un ojo) una vez en un asunto obrero-estudiantil, y lucía ahora en la cuenca izquierda un ojo tecnobiológico, ultrasónico, capaz de detectar una mota de polvo apoyada incluso -¡bendita tecnología!- sobre otra mota de polvo, a distancias alarmantes. La casa nunca estaba para él lo suficientemente limpia, y se dedicaba entonces diariamente a fulminar a su señora (¡también!) con la mirada (cuando no con un puño biotecnólogo o un justiciero patadón, escatológico, en el orto). Me enteré, porque quise, de que ella lo dejó al tiempo. Se llevó consigo una triste suma de ahorros y vivió en la soledad su período de pre-envejecimiento. Como a todos, la salud, eventualmente, se le truncó. Como a todos los viejos. En crisis entra, de a poco, el cuerpo.

Todo esto para terminar humillándose ahora, muriendo entre tanto cuerpo vivo. (No faltaría quien interpretase posteriormente la escena como un despliegue de mala educación o de mal gusto.) Ruidosa entre tanta boca cerrada. La vieja se arrancaba con torpe violencia joyas y detalles de su vestimenta, accesorios innumerables, anillos varios y aros, perlas para cuello y muñecas, alfileres. Se las entregaba brutamente a la negra (la cual le apretaba el algodoncito cada vez más fuerte, imaginando tal vez una diminuta almohada que aplicada correctamente podría consumar la bienhechora asfixia, acortando el insufrible proceso) y le tartamudeaba fragmentos de lo que elegimos comprender como un discurso acerca de porqué no se debe morir entre lujos. Éramos cada vez más en la sala, aunque en realidad ya estaba llena y la gente se agolpaba ahora en los pasillos que en ella confluían. No faltaron los médicos que salían -ignorantes de la situación- de sus respectivos consultorios, y al ver lo que ocurría se encerraban nuevamente, de golpe, y se paraban sobre sus sillas para espiar por las ranuras del ventilete ubicado sobre la puerta. (Trabajo no remunerado es trabajo al pedo.) Algo que debería tener que ver con la crisis en la medicina. A nosotros, al menos, no nos avergonzaba mirar de frente, o a un costado, y expectantes -con las manos en el bolsillo o rascándonos la cabeza, fingiendo tranquilidad fingida- esperar que pasara algo ahí que justificara el temblor de nuestras impacientes piernas. Nos mirábamos de reojo. Se susurraron preguntas acerca de porqué la negra le aplicaba tal violencia al algodón de la nariz (violencia que ponía de manifiesto la simple pero demoledora verdad de la Materia, y las paradojas del empuje (“Empujar es vano. La cosa está rodeada de bordes en todos sus costados, amasijarla es querer inútilmente desarmarla. Empujarla por un lado es escurrírsele a uno por el otro. Desbordarla es imposible, despojarla de aristas. Introducirla en algo produciría la mutilación de otra superficie, sometida a bordes distintos, límites ajenos pero simultáneos, aristas muy otras.”); en fin, que nada ganaría con eso la negra, más que la destrucción de la nariz de la vieja); nos mirábamos, pero la mirábamos verdaderamente a ella, la desgraciada, mientras entre llantos maldecía de su vida y de La Vida, la desgracia, preguntándose que habría de decirle de ella a sus nietos. La negra a todo esto no aflojaba los tendones torturantes, pero con la otra mano le acariciaba la oreja y el cabello dulcemente, y le explicaba con ternura que en realidad ella ni siquiera había sido madre.

Todavía no sé si dejó de respirar por causas naturales inherentes a la crisis en que entró su cuerpo todo, o por la natural falta de aire que produce una obstrucción, presionada inexorable, contra el órgano respiratorio. La negra cumplió, sin embargo, su cometido: había cesado el sangrado, vuelto coágulo en pocos minutos, al cabo de los cuales un médico salió casualmente de entre la muchedumbre a tomarle el pulso. Era un hombre alto y radiante, y a él se dirigían todos los dorados rayos que el sol por la ventanita nos brindaba.

El pasillo ya se había despejado bastante cuando llegó la camilla que hubo de llevarse el cuerpo tieso, y la clínica se llenó de enfermos. Y de chácharas de viejas. Todo lo demás es crisis, que en moderno se explica en términos de fluctuaciones de valores dentro de de rangos no deseados -por aquellos que la explican. El deseo está en todas partes y también el deseo está en crisis. (Cuando salí del consultorio deseé no volver a presenciar una muerte ese día.) Fluctuación de valores, simple, una vez cuantificados. Económicos, morales, ¿lo mismo?, la decisión es nuestra. Dios nos valga. Yo nunca había visto morir a una mujer en vivo. Durante la caminata a casa transcurrió mi desayuno: un alfajor y un cigarrillo.

martes, 15 de diciembre de 2009

Garrapatas.

De garrapata la actitud de las conciencias frente a nociones metafísicas

(premisa I).

La Gorda Ruperta pasaba el escobillón como una Gorda que no quiere ver una sola miga de polvo en el suelo del salón comedor living del departamentito, y el Negro Montenegro tenía que levantar los piecitos esmirriados cada dos minutos porque la Gorda Roberta descubría que había dejado una motita de pan sin limpiar. Era dulcísima la GordaRuperta, era un caramelo, cinco minutos con la Gorda y una botella de edulcorante. El Montenegro chupaba el mate con ímpetu masturbatorio: se relamía en el verde jugo y en la espuma, leía y pensaba el diario. Cualquier cosa -pensaba el diario- para no darle pelota a la Roberta.


(A mí me enseño mi abuelo: ¿ves?, la agarrás así, entre el pulgar y el índice; la base de la muñeca la apoyás contra la piel para tener un punto fijo y hacer palanca, tirás y listo: de maricón, nada).

El Negro Monteverde distaba de estar contento, se esparcía sobre la silla enjuto (desnutrido, casi, si no lo conozco le digo: desnutrido), enjuto (¿vivía a mate? si no lo conozco lo pienso) en la silla se desparramaba.

(Así se arranca un hombre las garrapatas: de maricón, nada).

En otro tiempo el Monteperro estuvo lleno de garrapatas. Se agarraba a ellas con furor y ellas a él con (casi) miedo: tenían miedo, pero comían. ¡Y ¡menuda panzada! supieron darse esas garrapatas! No se conformaron con su sangre, y se colaron a su misma entraña. Eran garrapatas de río: soberbias, estables, dientudas. Poco y nada supo y sabe el Negro de las garrapatas de la Gorda... ¡Pero la Gorda Demierda era dulcísima! ¿No le digo? Un cargamento de miel era la Gorda. Barría con ímpetu masturbatorio. Bastábale la escoba esa para desentenderse del mundo todo: ¡qué delicia barrer como la Gorda Ruperta! ¡Qué empresa noble, qué sublime tarea; qué desgracia ser una miga en el living de la Roberta! (¿Tenía garrapatas, la Roberta?). “Ciertamente se aferra a su escoba” (¿y quién no tiene alguna que otra garrapata, escondida entre los pliegues, dígame?). La aferraba con pasión, sin miedo. La decisión de quien avanza en la vida sin garrapatas (¡¿…?!). ¿Sabíase acaso privilegiada, la muy Ruperta? “Como si no tuviera que andar pidiéndole disculpas al mundo por ser una Mierda” (pensaba Montenegro; pensaba, Montenegro).

Las conciencias se aferran a nombres propios como garrapatas a un perro

(premisa II).

(¿O estaba quizá tan atiborrada de garrapatas que ya ni Alma tenía?)

{En otro tiempo la pensaba en términos de conchuda, a la Gorda, mas el concepto más tarde espantólo: “¿Es correcto que tal cosa me signifique a mí un insulto?” Lo descartó al instante. Pero intentar inventar uno nuevo, original, nuncantesvistonioído, sería una tarea vana. El mundo rebosa de asquerosos ansiosos de llenarse la boca de psicoanálisis ante tales creaciones. “Mejor apegarse a las tradiciones”. Ahora sólo la pensaba como Gorda de Mierda o directamente Gorda Puta.}

Tiempo y mundo (y alma, quizá, un vez se dijo Alma) parecen ser, entonces, las garrapatas peores que aquejan al Negro Monteverde (las que se nos adhieren sin reconocimiento nuestro, las peores).

“Podría ser peor”; ahí seguía el Negromonte, raspando las hojas del diario, masticando la bombilla, haciendo garabatos, desparramándosele todito el cuerpo, mirando de relojeo a la Ruperta, masticando las hojas del diario, garabateando el cuerpito. ¡Cuanta estupidez se encuentra uno en el diario! Gente hay que dedica su entera mañana al diario. El diario esparce las garrapatas como los putos esparcen el SIDA, (el lenguaje) piensa el Hombrenegro. La gente, gusto por la sarna (la propia y la ajena): se aferran a las garrapatas como perros a nombres propios. Cínicos de los malos, de los peores. ¡Perros! Perros con garrapatas. Carraspea Montenegro y salta rápido a calentar el agua para otro termo.

(¡Y a la Gorda Mamerta no se le ocurre mejor ocasión para ir a barrer la cocina!) “Hasta acá me tiene, hasta acá”.

Y pocos más que yo la extrañarían si se fuera.

Y nadie -más que yo- sabría si…

Y solamente yo la debería…

Y sería (muy) facilísimo.

Ya fue, la mato.

Fue y la mató.

Pumba.











Sigue:

La bombilla la chupaba ahora con ímpetu chupatorio (pulsión, si, felicidades), pero no movía ya el piecito a lo loco, como lo mueven los locos, como siguiendo un jazz. Cargar a la Gorda Remuerta le cansó los brazos y los pies al Negro, la espalda, los ojos, la materia. (¿Le dije que era chiquitito, el Monte?). La cortó en el cuello, la metió en un envoltorio de bolsas de consorcio. Tomó cinco mates, se arrancó una garrapata de la mejilla y rió como mogólico. Arrastró el paquetón, pasillo abajo, y lo lanzó por el balcón. (“Ya lo encontrará algún niño”). Todo, todo había planeado el Montenegro, en cuestión de segundos. Un suicidio, sin duda, oficial. (Concluirían los peritos.) Un ama de casa, su rosado cuello cortado, dentro de una bolsa de residuos, se arroja por un balcón. Chocho el Montenigerio, subía la vista del diario, volvía. Carraspeaba, garrapateaba. (Sepa que esto no es más que un manifiesto para aprender a sabernos mogólicos: ¡imagine lo perfecto del mundo!: un lenguaje de puros verbos y risotadas). Paraíso; se sonreía el Negromonte, imaginaba: “Se suicidó y se tiró a la basura”; imaginando los titulares de mañana se pasó la tarde el Negro. A la noche había reunión de consorcio y todos los vecinos estarían presentes.

Todos aferrados a sus perros propios.

{Ahora bien, supongamos por un momento que no hay objeto alguno, propiamente dicho: no hay sustrato para sustantivos (ni propios ni ajenos). Ni materia, ni forma, ni idea ni espíritu ni razón ni cabeza ni proletario. No hay siquiera (¡ni siquiera!) caos. ¿Contra qué se yergue ahora el mogólico? Supongamos que no exista superficie de adherencia para garrapata alguna. ¿Contra qué se de(fine)fiende el perro?}

((Incluso) para arrancar una garrapata hace falta un punto fijo, de apoyo, donde palanquear con la muñeca, ¿ves? Mirá como se esfuerzan los dientitos por quedarse.)

Al día siguiente la primera plana explota: “GORDA MAMERTA SE SUICIDA Y SE TIRA A LA BASURA”. El diario yace desparramado en el pasillo junto a un Negropinto esmirriado, acurrucado y cobarde que llora como llora un niño sin nombre propio.

lunes, 23 de febrero de 2009

Cuento de cierto autor hostil y posiblemente desequilibrado.



Nuestro personaje podría tener entre treinta y cinco y cincuenta años… mejor más cerca de estos últimos que de los primeros, que mayor es la resignación cuanto mayor la cifra etaria; no crea que esto es parloteo o sinsentido: se llama inercia, es una ley de la física que da cuenta precisamente de ello. Podría tenerlos o no, ¿qué más da?, si total usted ha de figurárselo como le entre en capricho, por más que yo le dé la descripción más minuciosa de su edad o de sus rasgos. Algún día, tal vez (ojalá), podré aspirar a aprender a esbozar uno de esos textos que fabrican pensamiento como un proyector fabrica una película en una pantalla blanca inmaculada; o que penetran en la mente del lector desprevenido y ya no en forma de letras, sino de una sustancia más compleja, se dedican a moldear el pensamiento cual si fuera masa tibia y bien maleable entre los dedos. Insisto: yo no soy un escritor de tal calaña, y tal vez nunca lo sea, por más que lo desee mi egoísmo; y no cuento, por tanto, con el poder de controlar la mente ajena. Justamente por eso no me voy a andar tomando las molestias de darle cada ínfimo detalle, pues sé bien yo que usted –como también todos los demás- se da el peligroso gusto de pensar que ya lo tiene todo requetesabido al momento de abordar algún otro humano intrascendente como puedo resultarle yo en este momento. No se lo reprocho, no se preocupe: es lo mismo que yo hago todo el tiempo, no se olvide que detrás de estas palabras hay o hubo una entidad que pertenece también a la especie humana (porque es usted humano, ¿verdad?; si no lo es, sepa disculparme).

Nuestro personaje podría tener, entonces, según dijimos, entre los treinta y cinco y los cincuenta, pero me gustaría acotar esta franja a la de cuarenta y cinco-cincuenta, pues me he quedado razonando en ese tema de la inercia y la resignación, y de cómo la segunda crece exponencialmente según crece la primera, y de cómo ésta se incrementa inevitablemente según va devorando el tiempo las entrañas de la vida. Verá, creo que esto es algo que puede resultar pertinente a los fines de nuestra historia, y no quiero faltarle yo el respeto ni a la física ni a la psicología, pues busco aquí bosquejar una escena de lo más realista. Y es que nuestro personaje debe ser un hombre inteligente; no digo un Einstein (faltaba más), quiero decir un cincuentón lo suficientemente despierto como para haber podido establecer ciertas verdades por sí mismo. Sé que se me entiende; verá usted: por absurdo y risible que le parezca, aún hoy en día hay quienes creen que pensando bien a quién votar se pueden cambiar las cosas, o que tirando la basura en un cesto se puede ayudar a evitar el desastre ecológico. No desconfíe, esta gente existe: se llaman optimistas; se lo juro por mi carne, que es lo único que tengo. Estoy seguro, sin embargo, de que usted ya se ha desengañado hace rato de estas barbaridades, pues bien, se lo he aclarado simplemente para explicitarle que, de igual modo, vivía desengañado nuestro querido personaje con sus sesenta y largos años; considero esto entendido y no escribiré una palabra más al respecto.

Escribiré, sí, para contarle que era algo panzón y no muy alto (no le diré sus dimensiones exactas por los motivos aclarados más arriba), que se dejaba el bigote –un bigote finito y recto, como una rayita de marcador negro que le subrayaba la nariz- pero no la barba, nada de barba, no empiece a imaginarse las cosas que yo no le cuento, que me enervo de nervioso y empiezo a perder el hilo… vivía solo en un barrio porteño, en un departamento de pocos ambientes (dos, digamos), compartido hacía algunos años con su ex esposa y sus dos hijos, ya mayores. (Solo en el departamento vivía, no en el barrio, ¿se entiende? disculpe si no me di a entender.) Desde su divorcio, su señora y sus hijos se habían mudado a la casa de los vejestorios que algún tiempo le habían servido a él de suegros. Ahora vivía más tranquilo, trabajaba algunas horas al día en la administración del club de su barrio, comía comida -cocida, a veces cruda-, dormía y se levantaba a la hora que quería, y nunca tenía que esperar para poder usar el baño. De hecho estaba bastante más conforme que en sus años de casado, como él sin duda hubiera reconocido, si no fuera un personaje ficticio –siempre tenga en cuenta esto-; yo puedo afirmarlo con seguridad pues yo mismo lo he creado, y conozco a fondo su psicologismo. No tenía automóvil… o si, mejor si, ¿por qué no?, a él no le cuesta nada y a nosotros sólo nos cuesta letras; seguro le sería de gran utilidad: tenía un automóvil envidiable.

Todo esto último sólo para que se vaya construyendo un contexto más o menos cotidiano de la vida de nuestro amigo (a estas alturas ya podemos llamarle así, no se preocupe; el exceso de confianza es un valor que debería ser reivindicado en estos días), pues es importante contextualizar apropiadamente las grandes historias como ésta, no se debe escatimar ni una sílaba, no preste atención a esos que sólo quieren lo que sea con tal que sea rápido; la paciencia es la mayor de las virtudes, pero (¡cuidado!) nunca olvide que lo bueno dura poco. Estoy convencido –aclaro- de que puede aún haber cosas buenas y Grandes Historias en esta vida que compartimos; y se lo aclaro porque me he quedado algo preocupado, pues creo que se va a llevar una imagen errada de mi persona: no vaya a creer que soy uno de esos extremistas que piensan que sólo somos sangre y contingencia (como pudo haber llegado a inferir de alguna de mis reflexiones). El escepticismo es un lujo que se pueden dar muy pocos, decía Arlt, y yo nunca fui de darme muchos lujos. El pesimismo, por su parte, es mucho más accesible y (sin lugar a dudas) más sensato en tiempos como estos en que todas las cosas tienden a la Nada. Es por eso que hace un rato he despotricado sutilmente contra estos optimistas que aún hoy andan dando vueltas por la vida (esta misma que usted y yo compartimos). ¡Pobres ingenuos! si les viera usted, me daría la razón… cada vez se quedan con menos argumentos y cada vez se aferran más a los más débiles o disparatados de ellos para defender sus posiciones… pero discúlpeme, que ese no es nuestro asunto, y me estoy desviando terriblemente de lo que quería comentarle en este párrafo. Imagino que se andará preguntando en qué queda nuestro personaje y nuestra historia, pues bien, justamente a lo que quería llegar es que no hay historia; ¿no hay historia?, se está preguntando usted ahora algo aturdido; ¡no hay historia…!, le respondo yo, frenético ¿Se da cuenta?, no hay acontecimiento ni evento alguno que narrar en este espacio, sólo un par de párrafos inútiles y absurdos por los que le he conducido como a un ciego bajo la falsa promesa de un cuento, ¡y ese cuento no ha llegado! He aquí que tal vez usted ya se había armado todas las insostenibles esperanzas de uno de aquellos ilusos optimistas de los que hablábamos hace un instante: si es ese el caso, pues me alegro mucho de haberle defraudado.



Buenas tardes.

lunes, 24 de noviembre de 2008

El espantoso forúnculo del señor Tordetti.





Aquella mañana, como todas las mañanas, el señor T. se levantó de la cama en un salto nervioso, a las 5, y corrió a silenciar los chirridos insoportables del despertador; pero a diferencia de todas las mañanas, aquella mañana no se oían a sus espaldas los gruñidos ininteligibles de la señora T. diciendo que le iba a tirar ese aparatito infernal por la cabeza. Ese fue el primer indicio de que algo extraño parecía estar ocurriendo, y que terminó de ser confirmado instantáneamente, cuando el señor T. giró la cabeza y descubrió que, por primera vez en treinta y ocho años, su esposa no sólo no estaba ocupando las tres cuartas partes de su cama matrimonial entre ronquidos y ruleros como siempre, sino que no se encontraba en el cuarto en absoluto. Recién ahí el señor T. se percató de que había dormido excepcionalmente cómodo esa noche, como no recordaba haber dormido en mucho tiempo, y se preguntó extrañado dónde estaría su señora.

Fue primero al baño, se dio una fugaz ducha de agua fría y se cepilló los dientes, se afeitó con una lentitud insoportable y descubrió con cierto desagrado que en el transcurso de la noche le había crecido un forúnculo terrible en el medio de la cabeza pelada, coronando burlonamente las arrugas de la frente. Se vistió despacio, meticulosamente como todas las mañanas. Se puso el traje gris, dejó el saco colgado al lado de su Corbata de los Lunes, y se dirigió a la cocina para desayunar. Su mujer tampoco estaba allí. El señor T. preparó su café con la misma delicadeza de todas las mañanas, le puso cinco precisos centímetros cúbicos de leche y una cucharada y media (exactamente media) de azúcar. Desayunó tranquilamente su café mientras intentaba colocar la radio en la frecuencia del noticiero matutino de las seis, pero no pudo lograr que el aparato emitiera otra cosa que una interferencia descomunal que se alternaba secuencialmente con un silencio de cripta. El señor T. detestaba no salir informado al trabajo, y más aún detestaba la idea de que su radio, compañera de desayuno por décadas, estuviera averiada. Pero terminó de desayunar impasible, se levantó del asiento, lavó la taza de café y se dirigió al living a buscar su portafolios. De paso dedicó una corta mirada de rastrillaje a su alrededor para descubrir que su señora tampoco se hallaba allí, quedando así descartados todos los ambientes de la casa. Guardó todos sus papeles en el portafolios, se cepilló los dientes cuidadosamente por segunda vez en el día, se puso la corbata tres veces hasta lograr el nudo perfecto, se echó el saco a los hombros, tomó su portafolios y salió del departamento. Bajó los doce pisos por el ascensor sin cruzarse con nadie, y salió a la calle.

Se dirigió primero al quiosco de diarios de R. para comprar la prensa del día, y se llevó la desagradable sorpresa de encontrarlo cerrado, cosa que nunca -creía recordar- había visto desde que el quiosco existía. Más extraño le resultó el escaso tránsito de la avenida Corrientes (de hecho, más que escaso, completamente nulo). Y más aún que la ausencia total de vehículos, le resultó extraño el hecho de que no hubiera nadie (y por nadie, entiéndase Absolutamente Nadie) en la calle, ni gente ni niños ni ruido ni vagos ni nada. Esperó sin embargo ante el semáforo, imperturbable, para cruzar cuando éste se lo permitiera. (Por un instante le pasó por la cabeza la osadía de cruzar por el medio de la calle y sin mirar, pero la sola idea le causó un vértigo tal que casi deja caer su portafolios).

Ya del otro lado, caminó las cinco cuadras solitarias que lo separaban de las oficinas de la compañía de teléfonos, donde había trabajado los últimos cuarenta años de su vida. La mañana se avecinaba un poco nublada, y el señor T. maldijo su radio averiada y su negligencia de salir de casa sin un paraguas. Su olvido le ofuscó durante un rato y le impidió reflexionar sobre la poca vida presente en las cuadras caminadas. Vida que, en el sentido técnico de la palabra, se reducía simplemente a los árboles que adornaban la avenida, y al señor T. mismo, como una sombra insignificante, un puntito negro perdido en el vasto y gris desierto de concreto y vidrio. Ni palomas había sobrevolando el nublado cielo porteño, ni personas hormigueando insoportables en torno al Obelisco. Ni siquiera una, con excepción, claro está, de nuestro distraído señor T., que en ese momento dejaba de reprocharse a sí mismo por el descuido imperdonable de haber salido de su casa sin paraguas un día nublado, y entraba en el quiosco de al lado de la oficina para comprar los acostumbrados caramelos de miel y menta. Cosa llamativa: el quiosco estaba abierto, las luces encendidas y el mostrador en perfecto orden, pero faltaba el quiosquero que completaba el paisaje habitual. Tampoco había clientes. El señor T. esperó aproximadamente dos minutos antes de llamar por primera vez; -¿Hola? ¿Hay alguien?- Silencio. Miró de reojo su reloj y descubrió que estaba a cinco minutos de llegar tarde a su puesto. Los nervios comenzaron a asediarlo y llamó con más fuerza, casi violento esta vez, al quiosquero; dos veces, tres; se retorcía por dentro de la furia, observó el paquete exacto de pastillas que quería, y el abismo institucional que lo separaba de poder saborearlos. Despacio, muy despacio, comenzó a alzar la mano y a acercarla hacia la sección de los caramelos, y con un cuidado y una lentitud exasperantes fue apuntando hacia el preciosísimo paquete, que relucía entre las demás pastillas como un diamante rodeado de barro. La mano comenzó a temblarle cuando se hallaba a escasos centímetros –vergonzosos por lo escasos- del tesoro. El pulso le subió súbitamente, dificultándole la respiración, y la cara le pasó de rosa a roja en cuestión de segundos. Alejó la mano rápidamente y la metió en su bolsillo. Volvió a llamar, esta vez tímidamente, mientras miraba el reloj y descubría con espanto que faltaba un minuto para que comenzara su turno. Salió corriendo del quiosco y entró en el edificio de teléfonos, y por primera vez en cuarenta años de servicio, el señor T. no llegó a trabajar cinco o diez minutos antes, como era habitual, sino que arribó a su escritorio quince segundos después de lo debido.

A usted quizá ya no le llame poderosamente la atención a esta altura, pero es mi deber hacerle saber que tampoco en el edificio de teléfonos el señor T. se cruzó con persona alguna. Claro que no reparó en ello al entrar, desesperado como estaba ante la sola idea de esa tardanza imperdonable. Llegó a su escritorio, sacó velozmente todos los expedientes con los que trabajaría ese día y los ordenó sobre su escritorio con una euforia neurótica; los clasificó por orden alfabético, en forma de “L” alrededor del ángulo del escritorio opuesto a la ventana, dejó libre el espacio exacto en el centro para ir pasándolos uno a uno, y el cuadradito libre justo al costado para ir apilando los terminados. Recién cuando finalizó esa tarea el señor T. observó alrededor para descubrir que nadie había concurrido a trabajar ese día; no se oía el infernal sonido de los teléfonos sonando y las computadoras zumbando, ni el de las decenas de personas corriendo y chocándose apuradas por entre los cubículos para llegar a llevar vayasaberqué a vayasaberdónde. Pero no se perdió largo rato en la contemplación de la insólita tranquilidad de su oficina, y comenzó a hurgar entre los papeles que habrían de entretenerlo ese día, ya más aliviado.


Como habrá usted inferido si ha prestado alguna atención a este relato (cosa que yo le agradezco efusivamente), el señor T. era extremadamente severo consigo mismo, no tanto por deseos bien definidos de autosuperación, sino más bien por una necesidad imperante e inexplicable de cumplir a los pies de las letras con los rituales cotidianos de su inalterable rutina. No había sido partidario de los grandes cambios en su vida: había vivido evitando lo más posible su gigantesca y rotunda esposa (cómo y cuándo se casó con ella, aún a mí me resulta un misterio), nunca fue de hacer muchos amigos (ni siquiera en sus días de estudiante), y hasta le había agradecido al Dios (si bien no era lo que se dice estrictamente un “creyente”) cuando se descubrió que su esperma era genéticamente inadecuado para engendrar niños. En resumidas cuentas, era miedoso; y por miedoso, meticuloso hasta la médula. Más allá de eso, soportaba su pequeña vida con un pesimismo y un estoicismo dignos de ser elogiados y aprehendidos por cualquier persona que habitase en este mundo en esta época.


Y para hacer honor a ese estoicismo y a esa meticulosidad –y tal vez para excusarse (consigo mismo, puesto que ni su jefe parecía haber ido a trabajar ese día) por el horrendo desliz que cometió al llegar tarde a su oficina- el señor T. terminó su trabajo con una rapidez y una precisión notables, una hora antes de que terminara su turno. Pasó esa hora sentado inmóvil y en silencio en medio de una oficina desierta, en un edificio evidentemente desierto, en una ciudad aparentemente desierta. A las cuatro de la tarde concluían las nueve horas de trabajo diarias del señor T., y cuando se hizo la hora exacta, aguardó quince segundos antes de levantarse efectivamente de su asiento y retirarse de las oficinas, mucho más tranquilo que al llegar, tanto por la eficacia de su trabajo como por el hecho de que el clima no requeriría necesidad de paraguas alguno: la tarde estaba soleada y agradable.

Decidió ir a tomar un café al bar que estaba frente a las oficinas para despejar un poco su cabeza y ver la repetición del partido del domingo en el televisor. Entró y se sentó en la mesa de siempre, la más cercana al baño (teniendo, por supuesto, todas las mesas vacías y a su disposición), y esperó largo rato a que algún mozo reparara en él. Tardó un tiempo en comprobar que el bar no sólo carecía absolutamente de clientes, sino que tampoco parecía tener ningún tipo de personal. Se acercó al mostrador y llamó a viva voz, y volvió a sentarse en la mesa escogida. Cuando ya había pasado casi una hora, se levantó y salió del lugar indignado (dejando antes cincuenta centavos de propina en la mesa; ¿cómo iba a dejar los dos pesos habituales frente a esa falta de servicio y de respeto?).

El camino de vuelta a casa se le hizo muy corto. Comenzaba a extrañarle de a poco el no haberse cruzado con ninguna persona en todo el día (se le hizo patente cuando pasó frente al quiosco de R. y comprobó que seguía cerrado) y se preguntaba qué podría haber ocurrido, si es que de hecho había ocurrido algo. Corría un viento leve entre las calles, que agitaba la melodía de las copas de los árboles como cascabeles inmensos (melodía que suplantaba el habitual ajetreo de bocinas, de motores y de gritos de peatones que le acompañaba todos los días en su paseo por las calles del centro). Llegó finalmente a su casa para descubrir que su esposa no había regresado de dondequiera que hubiera ido, y empezó a pensar que no contaría con su presencia para cenar esa noche.



En vistas de que iba a comer solo, decidió darse el gusto de preparar una tortilla a la española, toda para él. Ya se regodeaba en el sabor del huevo y el aceite mientras se dirigía al baño para lavarse las manos, y al ver allí su rostro en el espejo se le dibujó una inevitable –aunque discreta- sonrisa. ¡Casualidad Divina! ¡He aquí que ha desaparecido la humanidad entera justo en el día en que, siendo de otro modo, todos se habrían detenido a contemplar descaradamente mi vergonzoso forúnculo!

martes, 16 de septiembre de 2008

Ramiro y Sócrates.




A lo mejor no me lo creería usted, oficial, si le dijera que ayer por la mañana estaba ahí sentado, exactamente en la misma parada de colectivo, el niño de doce años empinando un tetrabrick de vino. Y es que a cualquiera que no se haya criado en este sitio le resultaría, no sé si inconcebible, pero seguro muy chocante; y sin embargo, para nosotros ya es cosa cotidiana ver a los chicos arruinándose así. Ahí estaba entonces, Ramiro, con sus doce añitos, con Sócrates y con su cartón de vino tinto. No todos por acá lo conocen muy bien, pues es de esos niños callados, pensativos, de los que no llaman mucho la atención ¿vio?, y créame que acá eso es suficiente para pasar totalmente desapercibido. Pero yo siempre fui de interesarme mucho por las cosas que movilizan un poco el alma, sobre todo por las personas que no le dicen a uno ni una palabra, pero con una mirada le cuentan más de lo que a uno se le hubiera ocurrido preguntar… no tenga duda de que la gente como esa en este barrio no abunda. Pero él es una de esas personas. Así que, aunque nunca hayamos tenido una relación muy cercana, siempre traté de seguirle el rastro y de mantenerme informado sobre la vida del muchacho.


Tenía los ojos medio colorados por el vino esa mañana, y la expresión que siempre tuvo en la cara, que parece que se está por largar a llorar. Y no me vaya a malinterpretar, que si bien le acompañaba siempre la angustia en el rostro, solamente una vez en mi vida le vi derramar algunas lágrimas, y créame que ha vivido desgracias el pobre muchacho. De hecho, yo comencé a reparar en él cuando apenas tenía cuatro o cinco años, y empezó a correr por la cuadra el rumor de que su padre (ya en ese entonces perdido por el alcohol) los fajaba a la madre y al él casi todas las noches, cuando volvía del bar de Carlitos. Y poco tiempo pasó para que los rumores se convirtieran en ruidos de platos rotos, y en discusiones que terminaban siempre con los gritos desesperados de la pobre mujer (que en paz descanse). Y claro, nadie hacía nada. ¿Quién se iba a acercar? ¿Quién iba a denunciar? En este barrio no se manejan esos códigos, oficial, lo que pasa en el hogar de cada uno, ahí se queda y de ahí no sale. Lo sabría bien usted con pasar tan solo un par de días en mi casa: se daría cuenta de que todas las noches se escuchan cosas por las que un hombre como usted, con todo respeto, se orinaría encima. Cuando no son gritos y amenazas, son disparos, cuando no son borrachos matándose a golpes son cristales estallando, cuando no, alguna pobre chica que la agarran entre algunos cuantos y vaya a saber qué cosas le hacen para que grite así… mejor ni averiguarlo mire, que por algo dicen que la curiosidad mató al gato.


Le comentaba entonces que el padre, borracho y mujeriego como pocos, y para colmo violento, se la agarraba contra la pobre familia, y ya le digo, mujer más buena que la madre de Ramirito no he conocido yo en mi vida, y mire que he vivido años. Era chorro de profesión, el padre; había tenido alguna vez un trabajo de albañil o de pintor, alguna changa de esas cada tanto, pero con eso estoy seguro de que no le daba ni para pagarse las cuentas del bar. Y cada tanto se desaparecía unos días del barrio, casualmente cuando algún policía pasaba preguntando por él. La madre traía un par de pesitos a casa, como para que no faltara el pan, de lo poco que le pagaban por ayudar en el almacén de la esquina. Así y todo se las arreglaba para mandar al chico al colegio, los pocos años que duró. Pero por más pan y colegio que hubiera, la pobre mujer no podía evitar que el viejo cuando llegaba se quitara el cinturón o una zapatilla y arremetiera contra madre e hijo por igual.


Fue cuando tenía más o menos seis años que hablé con él la primera vez. Alegre, educado, uno de esos chicos con los que da gusto pasar un rato. Yo tenía por ese entonces una perra vieja que me había quedado encinta, y unos meses después tenía dos cachorritos para regalar. El niño vino a llevarse uno con su madre. Contentísimo se fue, pero me arrepentí toda la vida cuando esa noche escuché al padre castigándolos con más furia que nunca, porque claro, ¿con permiso de quién habían ido a conseguirse un perro…? Pero la noche pasó, y al perro lo mantuvieron. De hecho, nunca hasta esta mañana lo volví a ver a Ramiro separado del ovejero alemán. Sócrates le puso, después de una de esas charlas que tuvo conmigo, en la que le conté sobre el personaje ése, no sé si era un italiano o qué, pero había leído en algún lado que fue el hombre más inteligente del Mundo. Y se ve que al chico le gustó, porque adoptó inmediatamente el nombre para el can, y siempre, desde entonces, le trató de usted.


Un año después de eso, más o menos, fue cuando pasó lo peor. Llegó Ramiro a la casa con Sócrates (volvía de jugar a la pelota, creo) y se encontró la escena de su padre descalzo y en cueros llorando en el suelo, la madre que yacía a su al lado, una botella rota y el vino que se mezclaba con la sangre en un charco. No era en realidad un cuadro que el niño nunca hubiera visto antes, la principal diferencia era que ésta vez la madre ya no respiraba. El padre le dijo que se le había roto la botella y la madre se había resbalado con el vino y se fue a romper la cabeza contra el suelo… El chico tendría siete años, pero no era ningún boludo, con perdón. Siempre supo que había sido el borracho hijo de puta ése el que la mató, pero no dijo una palabra. Resultó ser todo un hombre; si viera la templanza y la madurez con que soportó todo, me daría usted la razón. A tal punto, fíjese, que no derramó una sola lágrima, oficial. Aunque a veces pienso que habría sido mejor que hubiera despedido a su vieja como Dios manda ¿sabe?, yo creo que ese tipo cosas siempre dejan una marca, y a lo mejor influyen mucho en lo que uno termina haciendo de su vida.


Sin ir más lejos, tendría que ver usted las “amistades” que el pobre chico se buscó un tiempo después. Se empezó a juntar con una barra de pibes más grandes que él, que andaban siempre en la plaza frente a la capilla, y nunca sin una cerveza o unos gramos de coca encima. Pibes que roban en su propio barrio, oficial, y que no tienen una sola preocupación en la cabeza más que cuidarse el culo de cada uno y sobrevivir al día. Esas no son amistades para un chico de ocho años, ¿no le parece? Pero Ramiro nunca había sido muy sociable y, la verdad sea dicha, nunca le conocí un amigo “normal”. Encima fue por esa época que dejó de ir al colegio, entre otras cosas porque el padre no podía ni pagar su propia deuda en lo de Carlitos; mucho menos, imagínese, podría mantener apropiadamente al chico. Viéndolo así, se entiende que el muchacho haya empezado a salir a robar; aunque, créame, yo sé que le duró poco.


Una noche de invierno hace un par de años, estaba con uno de los pibes esos que le digo, tratando de abrir un coche para llevarse vaya uno a saber qué, y yo no sé si habrá saltado la alarma o qué, la cosa es que los dueños del coche andaban por ahí, los vieron, y los empezaron a correr. El otro pibe salió rajando sin mirar ni una vez para atrás y se escapó. Ramiro intentó seguirlo, pero no tuvo tanta suerte: lo agarraron entre los dos tipos, y lo molieron a palos. No se da una idea, oficial, de cómo dejaron al pobre chico. Yo no sé qué clase adulto es capaz de pegarle así a una criatura. A tal punto, mire, que estoy seguro de que si Sócrates no saltaba ahí y le arrancaba la nariz de un mordisco a uno de los tipos, a Ramiro lo mataban ahí nomás, a puño limpio. Esa cicatriz horrible que tiene en la mejilla ¿la vio?, se la hicieron esa noche. Estuvo dos semanas en el hospital, todo vendado, y le juro que el único que se quedó ahí con él todo el tiempo fue el perro. No lo querían dejar entrar, claro, pero uno de los enfermeros era conocido mío y lo convencí. Y menos mal, porque con la compañía que le hizo el padre, el pibe se hubiera muerto de solo. Yo fui a verlo un par de veces también, pero bueno, tenía que trabajar, así que tampoco podía quedarme mucho con él.


Igual pasamos algún tiempo juntos, y pudimos charlar mucho sobre algunas cosas. El ya tenía diez años pero parecía de veinte por la cabeza que tenía, no le jodo. Un muchacho muy inteligente, muy sabio. Me acuerdo de cómo le había quedado dando vueltas en la cabeza el “te voy a matar” que le repetía uno de los tipos que le pegó. En realidad, no tanto por ese momento en particular, sino por la cantidad de veces en que se lo habían dicho en su vida, como si la frase lo hubiera marcado más aún que la imagen de la madre muerta. Me contó de las innumerables veces en que se la había dicho el padre, mientras lo fajaba, o los compañeros del colegio. “Te voy a matar”. Hasta una maestra, cuando lo encontró masturbándose en el baño de la escuela a los ocho años. ¿Cómo puede no influir mal eso en un chico, oficial? La verdad es que me daba una lástima…


Después de que salió del hospital, Ramiro era como un fantasma en el barrio. Se lo veía pasearse con Sócrates, volviendo de pedir monedas en la estación del tren o de alguna que otra changuita que se buscaba para ganarse dos o tres pesitos. Fue por esa época que empezó a tomar. Yo supongo que la primera vez le habría afanado alguna botella al padre, que, dicho sea de paso, ya no le podía pegar ni a una mosca. Había quedado medio tarado y tenía el cuerpo a la miseria; el alcohol le había consumido la vida ya. Escupía sangre… la verdad, si no conociera su pasado, habría sentido mucha lástima por el tipo. La cuestión es que Ramiro había empezado a tomar, y entre el año pasado y éste, yo lo veía siempre a la tardecita volver del lado del norte con el perro siguiéndolo, un tetrabrick en una mano y la otra en el bolsillo. Siempre cabizbajo. La verdad es que nunca más volvimos a charlar mucho, así que no se exactamente qué hacía de su vida y qué cosas pasaban por su cabecita esos días.


De hecho, tengo que admitir que casi me había olvidado de él hasta lo de ayer a la mañana. Estaba, como le dije, sentado ahí en la parada del colectivo con su vino y los ojos colorados, y Sócrates ladraba y corría alrededor como loco, persiguiendo unas palomas que había por ahí. No sé si estaba esperando el colectivo o simplemente se había tirado ahí a pasar el rato. Yo justo salía de mi casa e iba para el trabajo cuando lo vi. Lo saludé de lejos con la mano, pero, si me vio, no se molestó en devolverme el saludo. Así que empecé a caminar para el otro lado, y no habría dado más de diez o quince pasos cuando escuché los gritos del chico llamando al perro (“¡Sócrates! ¡Sócrates, venga para acá!”), y al mismo tiempo, el ruido de la frenada. Obviamente volví hacia atrás, y lo vi al perro ensangrentado y desparramado por los adoquines con las tripas por afuera, abajo del colectivo, y a Ramiro parado justo en frente, al punto que si frenaba un metro después, el pibe tampoco la contaba, no le jodo. Estaba parado, duro, y por primera vez en la vida, le chorreaban las lágrimas por el rostro. Al cabo de unos segundos, el colectivero se asomó y le gritó: “Pibe, ¿te vas a subir o te vas a correr?”. Ramiro se refregó un poco los ojos, se acercó muy despacio a la ventanilla del chofer, y con la voz quebrada le dijo: “Señor, era mi perro, ese que acaba de pisar”. “Disculpá, pibe”, le contestó el otro, y arrancó nomás. Ahí recién se dio vuelta, y me vio del otro lado de la calle. Estaba desconsolado, oficial, imagínese. Y yo me olvidé del laburo y de todo. Crucé y lo ayudé a levantar al perro; lo llevamos como pudimos, porque ya estaba medio desarmado ¿vio?, y lo enterramos en el predio que está a la vuelta de mi casa. Estuve un buen rato intentando darle charla pero el chico no abrió la boca en toda la tarde, y a la tardecita yo me fui a hacer el turno nocturno en la fábrica, porque sino ya me rajaban ¿sabe? Me habría gustado poder quedarme un poco más con él. A lo mejor hasta podía evitar toda esta situación… pero bueno, lo que pasó, pasó, y ya no se lo puede cambiar.





















Eso es todo lo que le puedo decir con seguridad, oficial. Cuando yo llegué del trabajo hoy a media mañana, ya estaban todos ustedes por ahí buscando testigos y eso. Por el padre del pibe ni se moleste, que ya hace un par de semanas que nadie lo ve por el barrio, y tenga por seguro que no se va a aparecer por acá. Lo demás son todas suposiciones. No creo ni que haya dormido, debe haber estado esperando toda la noche despierto en la parada, vino mediante, hasta que el colectivo volviera a pasar esta mañana, haciendo el mismo horario y recorrido de todos los días. El cuchillo con el que mató al chofer lo debe haber agarrado de la casa, porque es un tramontina de cocina común y corriente según me dijeron… Mire, yo sé que es serio lo que hizo, pero trate de tener en cuenta lo que le conté, le doy mi palabra de que no le dije una sola mentira. Si lo conociera, entendería usted su conducta en cierto modo. No es que yo diga que está bien lo que hizo, por Dios que no es eso lo que pienso. Lo que quiero decir es que, en el fondo, es un buen muchacho. Usted me entiende ¿no? Si no, tenga por seguro lo que le digo, que soy un hombre viejo y yo también tuve una vida dura: a como son las cosas en donde me crié, a veces es preferible un perro fiel a todos los amigos del Mundo.

Si, ya sé, se hace tarde. Yo tampoco dormí hoy. No sé porqué gasté tanta saliva en esto, si al fin y al cabo, no van a cambiar mucho las cosas por lo que yo diga o deje de decir. Le pido mil disculpas por haberme prolongado tanto en el relato. ¿Sabe qué pasa, oficial? Creo que yo soy la única persona en el barrio que conoce de verdad al pobre muchacho, y me resulta un poco triste saber que tanto para ustedes como para el juez como para los diarios y, al fin y al cabo, para todo el mundo, Ramiro de hoy en más va a ser simplemente “el pibe de doce años que asesinó a un colectivero”.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Madrugada de otro domingo porteño.




Desde lejos sos una figurita oscura recortada sobre la vereda contra el cielo blanco leche del primer rayo de sol de madrugada. Una figurita oscura con las manos en los bolsillos, a la que desde lejos no se le ven las lágrimas colándose por entre los párpados y los dientes apretados. Es domingo ya. La euforia del sábado a la noche hace rato fue devorada por el letargo implacable de la tarde que se viene. Hace un frío de esos que te cortan la piel. Los pibes se van a dormir borrachos a esta hora los domingos. Y ella está en alguna parte de la ciudad arriba de algún colectivo, pero muy lejos. Y más lejos a cada segundo que le dedicás al tiempo para pensar en ella.
A lo mejor está llorando, también. No sabés.
Puede ser que no.

¿Y si no? Entonces las lágrimas te inundan totalmente las córneas y el barrio. Y a pesar de la fuerza que hace el pecho para adentro, hasta se te escapa algún gemido. O por ahí justamente por eso. Igual, que vergüenza. Menos mal que no hay una puta alma afuera, porque, como te digo, hace un frío tan penetrante que hasta los perros de la calle se guardan entre la basura buscando abrigo. Los primeros cristianos se levantan a eso de las ocho los domingos. Falta todavía. Y con este frío, a lo mejor hasta se quedan un rato más en la cama y van a la otra misa. Así que podés seguir llorando y gimiendo y pateando piedritas tranquilo un par de horas si querés, o hasta que se te pase la rabia, o lo que sea que estás sintiendo ahora. Esa mezcla deforme... pasta cruda de sentimientos indescifrables. Pero rabia hay. Y angustia, seguro, de esa tenés siempre. Un poco de miedo y otro tanto de bronca. Pero lo más raro es eso que te está haciendo llorar así ahora. Ese equilibrio exacto entre todas las sensaciones que hace que no caigas del todo en ninguna y las trasciende a todas en una armonía que de a momentos hasta llega a un pico de una curiosa... ¿alegría? Bah, no sabés como llamarla. Yo tampoco. Pero sabés de que te hablo. Eso que hace que te veas desde afuera: llorando, con el ceño fruncido, aspirando los mocos, tropezándote con el cordón, con los puños apretados en los bolsillos. Y cuando te abstraes y pasas a ser la figurita oscura caminando con el sol de la mañana, todo toma un tinte hasta gracioso... o irónico, más bien; pero gracioso al fin. Porque al mismo tiempo estás adentro y no podés escaparle del todo a ese deseo de cruzarte con alguien sólo por las ganas de partirle la cabeza. Hay que ser sabio para reírse así de uno mismo.

Igual ya estás cerca de casa, unas cuadras nomás. Vas a llegar y comer algo. Hasta te podés dar una ducha y lavarte las lágrimas y los mocos y la tierra de las manos. Y cuando te acuestes te vas a olvidar por un rato de la tristeza. O por lo menos del frío (que frío, laputamadrequeloparió) y del cansancio.

Y hoy podés dormir todo el día, es domingo.
Una dimensión aislada del fluir de la semana.
No existe el tiempo los domingos.
Y el espacio se limita demasiado.




Y ella ya debe estar llegando a casa también. Si, no la quise mencionar mucho, pero sé que en todo este tiempo sólo estuviste pensando en ella. No la vas a ver en mucho tiempo, parece. ¿Llorará?
¿Estará pensando en vos al menos...?

Esta mierda de ser siempre uno y no saber nunca absolutamente nada de todo lo que pasa por afuera.


La rutina no viene a ampararnos los domingos. La libertad extrema angustia, y el vacío interno cobra mucha fuerza. Si no te gusta el fútbol, cagaste.
Mucha gente se suicida los domingos.





















(pero vos sos un cagón)









No comiste, no te desvestiste, no te bañaste. Llegaste y te tiraste sucio y frío arriba de la cama deshecha; y mordiste la almohada, entre saliva y lágrimas, hasta el lunes a la madrugada.